
En un coche eléctrico o híbrido, el selector de marchas muestra dos posiciones principales: D y B. La primera corresponde al modo de conducción estándar, la segunda activa un frenado regenerativo reforzado. Comprender lo que sucede mecánicamente en cada modo permite elegir la posición correcta en el momento adecuado, en lugar de quedarse en D por costumbre o en B por principio.
Frenado regenerativo: el mecanismo detrás de los modos D y B
El motor eléctrico de un vehículo puede funcionar en dos sentidos. En tracción, convierte la energía de la batería en movimiento. Al levantar el pie, se invierte y se convierte en generador: la energía cinética del coche se reconvierte parcialmente en electricidad, que se almacena en la batería.
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En modo D (Drive), esta recuperación permanece discreta. El coche desacelera levemente cuando se suelta el acelerador, un comportamiento similar al de la rueda libre en un vehículo térmico. La conducción sigue siendo fluida, el vehículo conserva su inercia.
En modo B (Brake), la fuerza de desaceleración aumenta notablemente. Tan pronto como el pie se aleja del pedal del acelerador, el coche reduce la velocidad de manera marcada. Esto se llama a veces conducción “a un pedal”, donde solo el acelerador es suficiente para gestionar la mayoría de las situaciones de desaceleración. Según Benoît Chagniot, Experto en Prestación de Vehículos Eléctricos en Renault, este modo proporciona una sensación de conducción simple e intuitiva, comparable a un freno motor ajustable en un coche térmico.
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Al evaluar los ventajas del modo B o D, esta diferencia de desaceleración constituye el criterio fundamental. Todo lo demás se deriva de ello.

Modo B en ciudad, modo D en autopista: adaptar la posición al terreno
La elección entre B y D no es binaria. Se adapta al entorno de conducción, y alternar entre los dos durante un mismo trayecto es la estrategia más eficaz.
Circulación urbana y tráfico denso
El modo B cobra todo su sentido en la ciudad. Las paradas frecuentes, los semáforos y las rotondas generan fases de desaceleración constantes. Cada una se convierte en una oportunidad para recuperar energía en lugar de disiparla en calor en los frenos de fricción.
El confort de conducción también mejora: el pedal de freno se vuelve casi opcional para las desaceleraciones habituales. Se dosifica la velocidad principalmente con el acelerador, lo que reduce la fatiga en la conducción urbana prolongada.
Carretera despejada y autopista
En vías rápidas, el modo D es preferible. A velocidad estabilizada, la resistencia artificial del modo B desperdicia energía: el motor frena el vehículo, y luego hay que volver a acelerar para mantener el ritmo. La rueda libre del modo D deja que el vehículo aproveche su inercia, lo que reduce el consumo global.
Descensos prolongados
En montaña o en pendientes largas, el modo B actúa como un freno motor potente. Reduce la velocidad del vehículo sin sobrecalentar los frenos mecánicos, al mismo tiempo que recarga la batería. Es uno de los pocos contextos donde el modo B mejora simultáneamente la seguridad y la autonomía.
Autonomía y modo B: un malentendido frecuente
Muchos conductores circulan permanentemente en modo B, convencidos de que la recuperación máxima de energía aumenta la autonomía. La realidad es más matizada.
El modo B no crea energía, recupera una fracción durante las desaceleraciones. En un trayecto por autopista con pocas frenadas, circular en B impone desaceleraciones innecesarias seguidas de re-aceleraciones. El balance energético puede ser negativo en comparación con el modo D.
La ganancia de autonomía del modo B se concentra en los recorridos urbanos y periurbanos, donde las fases de frenado son frecuentes y naturales. En resumen:
- En la ciudad con paradas regulares, el modo B recupera una parte significativa de la energía de desaceleración y reduce el consumo
- En carretera fluida a velocidad constante, el modo D consume menos porque evita los ciclos de frenado-aceleración innecesarios
- En descenso, el modo B recarga la batería mientras limita la solicitud de los frenos mecánicos

Desgaste de frenos y mantenimiento: el efecto oculto del modo B
El uso intensivo del modo B reduce notablemente el uso de los frenos de fricción. Las pastillas y discos duran considerablemente más que en un vehículo térmico equivalente. Es una ventaja económica concreta.
Esta medalla tiene su reverso. Las pastillas muy poco solicitadas pueden alcanzar su límite de edad antes de su límite de desgaste. La corrosión se instala en los discos, las pastillas se vitrifican, y los adhesivos que mantienen las pastillas se degradan con el tiempo.
Para contrarrestar este fenómeno, se impone una práctica simple: realizar regularmente frenadas contundentes, incluso si se circula principalmente en modo B. Esto limpia la superficie de los discos, mantiene las pastillas en buen estado y preserva la eficacia del frenado de emergencia.
Regeneración ajustable: más allá de la elección B o D
En los vehículos recientes, la elección ya no se limita a dos posiciones. Muchos modelos ahora ofrecen varios niveles de regeneración ajustables a través de paletas en el volante o menús en la pantalla central. Se pasa de un frenado regenerativo débil a un modo “one pedal” muy pronunciado, con niveles intermedios.
Esta evolución hace que el debate B contra D sea parcialmente obsoleto. La optimización pasa por un ajuste fino adaptado a cada situación: regeneración baja en autopista, moderada en periurbano, fuerte en el centro de la ciudad o en descenso. Algunos vehículos incluso ajustan este nivel automáticamente gracias a los datos de navegación y a los sensores de tráfico.
- Regeneración baja: equivalente al modo D, rueda libre máxima, ideal a velocidad constante
- Regeneración moderada: compromiso para la conducción mixta, desaceleración perceptible pero suave
- Regeneración fuerte o “one pedal”: equivalente al modo B intensificado, el coche se detiene casi por completo al levantar el pie
El modo B sigue siendo el buen reflejo en la ciudad y en descenso, el modo D en carretera abierta. Alternar entre los dos según el terreno es el único enfoque que combina confort, ahorro de energía y preservación del sistema de frenos a largo plazo. En un vehículo equipado con niveles de regeneración ajustables, afinar el ajuste en lugar de limitarse a dos posiciones fijas proporciona un control aún más preciso del consumo y del comportamiento del vehículo.